lunes 15 de diciembre de 2008
domingo 16 de noviembre de 2008
Bird
Bird, es su nombre, Bird
Viejo pistolero, el más viejo.
Con senderos en la cara, surcados en infinitos tiroteos, decía Shatzy. Los ojos tragados por el cráneo, y manos de olivo, las manos veloces, ramas de invierno. Cansadas. El peine, por la mañana, mojada con agua, rayando el pelo blanco hacia atrás, ya transparente. Pulmones de tabaco en la voz que lentamente dice: Qué viento hace hoy.
Nada peor que no morir, para un pistolero
Mirar siempre en torno, cada cara nunca vista antes puede ser la del idiota de turno que ha venido desde lejos para convertirse en el hombre que mató a Clay «Bird» Puller. Si quieres saber cuándo se ha convertido uno en un mito, entonces escúchame: es cuando te encuentras librando duelos siempre de espaldas. Mientras te salgan a tu encuentro de frente, eres sólo un pistolero. La gloria es una estela de mierda a tus espaldas. Date prisa, idiota, dijo sin darse la vuelta siquiera.
El muchacho llevaba un sombrero negro, y en el bolsillo alguna estupidés que era el recuerdo de un odio lejano, y la promesa de una venganza. Demasiado tarde, estúpido.
Con estos senderos en la cara, maldita vejez, meándome encima por las noches, con este condenado dolor bajo el cinturón, como una piedra al rojo entre la barriga y el culo, nunca llega el día, y cuando llega es un desierto de tiempo vacío, que hay que atravesar, ¿cómo he podido llegar yo hasta aquí?
Cómo disparaba Bird. Llevaba las cartucheras del revés, con la culata de la pistola asomando hacia delante. Desenfundaba con los brazos cruzados, la pistola derecha en la mano izquierda, y viceversa. Así, cuando salía a tu encuentro, con los dedos rozando la culata de las pistolas, parecía una especie de reo, como un prisionero que fuera hacia el patíbulo, con los brazos atados delante.
Un instante después era un ave de presa que abría las alas, un latigazo en el aire, y el geométrico vuelo de dos balas. Bird.
Y, entonces, ¿a qué viene este arrastrarse entre la niebla de mis cataratas, obligado a contar las horas, yo, que conocía los instantes, y era el único tiempo que existía para mí? Yo he visto eternidad, donde otros veían a otros. El movimiento involuntario de una pupila, los nudillos blanqueando en torno a un vaso, una espuela en la cadera del caballo, la sombra de una sombra sobre la pared azul. Lo que para ellos era como un destello, para mí era un mapa; una estrella, donde yo veía cielos. Yo pensaba desde dentro de pliegues del tiempo que para ellos eran ya recuerdos. No hay otra forma, me enseñaron, de ver la muerte antes de que llegue. Y, entonces, ¿a qué viene este arrastrarse entre la niebla de mis cataratas, obligado a espiar las cartas de los demás, mendigando bromas desde mi silla, siempre la misma, en segunda fila, lanzando piedras a los perros por la noche, en mi bolsillo el dinero de un viejo que las putas ya no quieren, será para un mariachi, cuando venga, que sea triste y larga tu canción, quiero bailar, esta noche, hasta el ocaso de esta noche, hasta que termine el viento.
Decían que Bird llevaba siempre encima un diccionario. De francés. Había estudiado todas las palabras, una tras otra, en orden alfabético. Era tan viejo que ya había dado una primera vuelta y ahora había llegado hasta la G, en la segunda vuelta. Nadie sabía por qué hacía todo aquello. Pero una vez, en Tandeltown, se acercó a una mujer, que era hermosísima, alta, de ojos verdes, no se sabía cómo había ido a parar allí. Él se acercó y le dijo: Enchanté.
Clay «Bird» Puller. Morirá de una forma bellísima, decía Shatzy. Se lo prometí: morirá de una forma bellísima.
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